domingo, enero 27, 2008
sábado, enero 19, 2008
Nacionalizar la siesta

No sé si el cultivado lector de este blog se ha parado alguna vez a pensarlo, pero lo cierto es que si uno hace acopio de fuerzas e invierte unos segundos de reflexión en ello enseguida caerá en la cuenta de que, antropológicamente, Latinoamérica —o lo que entendemos como tal— es una rotunda y clamorosa sandez.
Porque ya basta de hipocresías. Ni Mario Moreno “Cantinflas” fue un gran humorista ni lo que toda nuestra vida hemos entendido como verborrea diarreica es, en boca de un argentino, complejidad discursiva. Padecemos desde hace demasiados años el contagio cultural de los panchitos, latinochés o como quiera denominárseles, y va siendo hora de corregir esa actitud. Por mucha letra que queramos ponerle a nuestro nada marchoso himno, nada cambiará en lo relativo a la identidad y la nación mientras sigamos permitiendo que los hijos de la madre patria se nos suban a las barbas como si ellas fueran un cocotero cualquiera entre los que acostumbran a vivir devorando bananas y rascándose la espalda. Va siendo hora, por tanto, de poner los puntos, acentos y diéresis sobre las íes. En el lenguaje, por ejemplo. Los seres humanos civilizados estamos hartos de sonreír modestamente ante barbarismos selváticos del estilo de “cuate” o “wey”, por no hablar de expresiones del calado de “jalar mecate” o “qué pinga más rica, papito”, y no podemos tolerar que la dictadura de lo políticamente correcto siga cohibiéndonos a la hora de denunciar la mutilación a la que la gente pobre sigue condenando al idioma que gentilmente les cedieron nuestros conquistadores cinco siglos atrás, después de masacrarlos apaciblemente con nuestra para entonces abusiva tecnología de guerra y con el noble objetivo de que dejaran de comunicarse por señas, como bien ha señalado el poeta y periodista Jimmy Giménez Arnau en una reciente intervención televisiva. Y es que para entender este choque entre civilizaciones yendo a su estado más nuclear habría que remitirse al día en que por primera vez se encontraron los dos pueblos, viéndose representada esta diferencia en la radical indumentaria de cada uno de ellos: los colonialistas con sus juveniles pantys y los indios con sus ponchos rurales y menopáusicos. Es cierto que las formas de Hernán Cortés, Pizarro y el resto de conquistadores que vestidos de señora pusieron el pie del progreso en la tierra prometida son objetivamente discutibles en cuanto a su alegre oficio de genocidas y su afición, quizá desmedida, por la explotación de recursos naturales, el saqueo, la esclavización de pueblos y, por qué no reconocerlo, el abuso sexual de las despistadas aborígenes; sin embargo, el pueblo sudamericano ya se ha vengado convenientemente de aquellos actos criminales con la comercialización por todo occidente de sus histéricas telenovelas y los inmoderados precios a los que nos venden la droga.
Documentos impactantes: Jimmy Giménez Arnau arremete con atino contra Hugo Chávez y el resto de indígenas comemielda ante el epate de Pilar Eyre y la admiración de un bastardo real.
Los años sesenta, setenta y ochenta resultan cruciales para poder asimilar la irresponsable permeabilidad cultural que en nuestro país hemos tenido con los que antaño eran encargados de higienizarnos la caca del culo. Como quien no quiere la cosa, dejamos que entraran en nuestras casas a través de la literatura con intervencionistas traducciones del inglés obra de escritores endiosados incapaces de no empapar con su estilo el texto original: así, conseguíamos despropósitos como que Kafka o Jack London (!) tuvieran sabor a Borges. Si a esto le añadimos elementos accesorios pero no por ello menos relevantes como que el doblaje de los dibujos animados estaba también de mano de latinos o que llevábamos años riéndonos de infahumoristas de pantalones bombachos y bigotes flacos, pues empezamos a darle forma a la problemática inicial. Cometimos el mismo error que tantas familias norteamericanas del Sur que un buen día decidieron considerar a Bubba, el criado, como uno más de la familia, permitiéndole incluso comer de cuchillo y tenedor, sin saber, claro, que éste acabaría por utilizar los mismos para apuñalar la confianza de sus amos movido por su negra ambición. Este caso prototípico, aunque ligeramente sacado de quicio y contexto, puede servirnos de ayuda como metáfora del conflicto de un país lo suficientemente ingenuo como para tender la mano a sus hijos adoptivos y acabar manco y sin anestesia.
La gente se pone muy nerviosa a la hora de debatir este tema con abierta sinceridad. Yo les perdono: ¿no es acaso del todo comprensible el estado de terror e inseguridad popular con el que nuestro país se ha visto obligado a convivir de unos años en adelante? La inmigración ha traído consigo nuevas formas de delincuencia hasta hace poco inéditas en
Nunca debimos hacer guiños al oeste, está claro, pero parece que todavía no hemos aprendido la lección ni hay suficientes camareros argentinos que se pasen la mitad de su jornada laboral de cháchara con la clientela o ligando con la hija adolescente de la dueña, ni demasiadas putas venezolanas, ni colombianos barrigones, ni demasiados ajustes de cuentas entre pandilleros ni taxistas muertos. Para colmo, aún hay quien prefiere darse por no enterado y entona gorgoritos a favor de la diversidad, aún quien se traga el victimismo imperante en los foros latinoamericanos sin hacer la digestión y quien, a falta de ideas, vende ideales. Cuando sea demasiado tarde y estemos de mierda y panchos hasta el cuello, nos acordaremos de los temores de hoy y nuestra cobardía a la hora de denunciarlos: para entonces nuestra civilización se habrá al fin autodestruido y veremos la realidad con los ojos bien abiertos, de una vez por todas, creyendo como gilipollas haber descubierto las Américas por segunda vez a bordo de un hidropedal.
martes, enero 08, 2008
Hay campanas de bostas humanas en el corazón...
Estrella número 1. WENARTO
Wenarto y su troupe de asociales están disponibles aquí, interpretando todo tipo de música —preferiblemente ópera— para deleite de sus numerosos fans, entre los que pos supuesto nos incluimos. Atención al inconmensurable don para la interpretación teatral con el que Dios decidió bendecirle y que él se empeña en demostrar con énfasis dándolo todo en cada uno de sus temas, sí señor. Wenarto también es pintor; su obra está colgada en la siguiente página web: http://wenarto.com. Sus novelas favoritas son, por cierto, las de Agatha Christie.
Wenarto: Solamente una vez amé la estufa
Su nombre real es Silvia, y proviene de Bilbao. En su canal de youtube podréis encontrar más de dos mil vídeos —sí, sí, dos mil— en los que apenas cambia la escenografía que da color a su espectáculo —un estudio en el que distinguimos un caos de ordenadores y papeles entremezclados—, dando rienda suelta a la estrella que lleva dentro al versionar a ídolos de la canción como Marta Sánchez o Manolo Escobar y dedicar temas a su público, cuando no dando pequeños discursos —charlitas, las llama a ella— donde nos advierte de los beneficios del Bien y los peligros del Mal. Hay que decir en Silvia todo son buenos sentimientos y corazón, por ello decidimos pedirle un tema dedicado a los bostas humanas del foro:
Florecilla1965: El rap de La Estufa
Florecilla1965: ¡Que viva Silvia!
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