sábado, octubre 14, 2006

Sueños I

Entiendo a aquellos que usan la madrugada como un vehículo hacia un país que no pisó, unas reglas que jamás quebrantó, o unos labios que en su vida se atrevería a besar. Intento disfrazarme de cobarde para asimilar la melancolía frágil del deseo indeseable, no por soez sino por prohibido, aunque siempre acabo fracasando; naufrago entre mi propia mediocridad.
Intento hablar de la utilidad del sueño como evasión para infelices, perversión para dichosos, o subliminal metajuego de espejos revelador de identidades. Porque al fin y al cabo, soñar es leer, algunos dicen que entre líneas, pues en él vertimos el alma (que no el cuerpo) en una búsqueda poética de lo inalcanzable entre lo alcanzable.

Cuando cerramos los ojos y nos disponemos a despertar séis o doce horas más tarde, casi siempre obviamos la realidad borrosa e inmediata del primer chispazo de luz, confusa resurección mañanera. Erguimos nuestra afetada e inocente (¡pura!) posición vertebral, recobramos la lucidez y la consciencia, y al cabo de un rato ahogamos el recuerdo de sabe dios que viaje entre la densidad de un café hirviente. Acabamos de purificar nuestra alma y ni siquiera nos enteramos de ello. Ruptura de espejos o barreras, oración perdida entre el amazonas de un susurro; palabras disecadas, sin significado ni dibujo, que en el anárquico mapeado del subconsicente anidan en su propio rincón.
El sueño nos ayuda a leer ese libro por el que jamás pagaríamos, o mejor dicho jamás nos dejaríamos ver pagar (y leer). Porque lo que tememos, como bien dijo ese americano obeso al que llaman Harold Bloom (de manera muy pedante, todo hay que decirlo), es la alteridad. Los otros. El infierno (sonríe, bizco).
En nuestra cabeza solo están los que tienen que estar, y cuando entra un monstruo es para enfrentarse a nosotros bajo la supervisión de la fobia que con mayor tenacidad amenaza nuestra tranquilidad. Porque no hay que olvidar la precisión con la que Bloom hablaba de esa dichosa alteridad, pues existe la ajena y, sobre todo, la propia. Tócate los huevos: esto lo dice para explicar la razón por la cual leemos, dado que todo se basa en la búsqueda de historias, sabiduría o respuestas. Y las más importantes, no lo dudéis, están en nosotros mismos. Ahí es donde entra la aventura onírica.

Detrás de esta exposición rebuscada y reencontrada a sí misma, pedante como ella sóla, se encuentra una pasión ciega por lidiar con uno mismo. Pasión que, de manera bastante sutil, me ha conducido a la conclusión más abierta que una mentalidad de letras cerrada puede dictar: todo fue un sueño. No intenten entenderlo, nada de abrir los ojos.

2 :

Anonymous Alex Excretó esto...

Se ha hablado tanto sobre lo intangible de los sueños que la palabra ha terminado por ser prostituida sin remisión.

Ahora los anhelos se confunden con los sueños, cuando éstos siempre fueron la negación de aquellos, pues los sueños son reales en nuestra mente, son la materialización de los miedos que no de las esperanza, ya lo intuyó Freud, mientras que los anhelos son simple humo onanista.

Estúpidas parrafadas aparte, para mí los sueños siempre serán el pequeño Nemo a lomos de camas andantes. Aquellas supremas visiones de lo etéreo, más propias de un chamán influenciado por el peyote, que por el dibujante aparentemente anodino, perdidamente enamorado de su esposa y pagador de impuestos, que fue Winsor McCay.

Cuídese.

sábado, 14 octubre, 2006  
Blogger Kaleidonerd Girl Excretó esto...

Qué bonito, seisde. No digo más.

sábado, 14 octubre, 2006  

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