domingo, junio 04, 2006

Causalidades en la colina



Jesús Quintero, que sabe bien de las ventajas de hacerse el loco, invitó no hace mucho a su colina a dos de los personajes televisivos que más chistes, chascarrillos y frases hechas espontáneas y posteriormente explotadas por el E-miliano efecto SMS han generado en esta generación del tunning metrosexual. A modo de miura, presentó Quintero al míster de la decadencia insigne (Coto Matamoros), para que estrechara secreciones de impolítica sinceridad con el tahúr de las infusiones con sabor a placebo cultural de fanzine tibetano, Fernando Sánchez Dragó. Una vez allí, presentados y empujados por la primera pregunta del loco (solo hizo tres –magníficas y necesarias- en una entrevista que no lo fue y duró veinte minutos) comenzó la retahíla de puñetazos justicieros del civismo televisivo. Coto, que es un señor lleno de verdad, ha brillado con luz propia en los últimos años por haber sabido pulir con elegancia su brutalidad incorrupta y, en realidad, inexistente. Al fin y al cabo, todos llevamos un Coto dentro, una voz honesta que nos incita (casi siempre fracasando) a quitarle la máscara al mundo, y en su defecto, a nosotros mismos. Matamoros es la representación del “digo lo que pienso”, solo que, por una vez, encarnada en la figura de alguien versado en algo más que unas cuantas patadas en los cojones (que también, vaya…). Él es culto, inteligente además, y hace ademán de vestirse de mafioso íntegro y decente. O sea, que seguramente será una excelente persona. Dragó en cambio es el diablo disfrazado de anciano, siempre cuestionando todo aquello que se escapa de la voz de su psiquiatra particular, que debe habitar en todos y cada uno de los cien mil libros que han pasado por su atril. El vox populi para él, supone una amenaza solo comparable al despertar de un politono de Opá, por lo que no duda en arremeter contra todo aquello que implica un materialismo de pensamiento, o una subliminalidad artera y consciente.
Salió, como no, el tema de la telebasura. Lejos de definiciones aburridísimas (quizá también se dejaron ver, pero se maquillaron en la sala de ediciones) el debate caminó por otros derroteros. Reincidió Matamoros en su teoría coprófaga del por qué de la necesidad de cotilleo. Sobre los patios vecinales, su desaparición, y el inminente precipitado de la carroña privada del famoso como ingestión de una droga tranquilizante para la portera de ocasión. Dragó prefirió reafirmar su cliché una y otra vez, guiñando la suerte del desvarío a alguna de las almas perdidas que aún le escuchan con lápiz y papel en la mano. Resulta descorazonador que el escritor siga destilando pequeñas luces entre la nebulosa de su fantasía, propia del padre ilegítimo del agente Cooper, para luego esforzarse en demostrar que sigue siendo lo que todos creíamos, un tonto del culo. Para él esto será una falta de respeto causante de la libertad de impresión, dice, que existe en España (expresión no, porque luego venimos nosotros, los maleducados, a hacer aguas menores de sus palabras). Que le den.
Entre tanto, Quintero continuaba robando humo del diálogo entre sus dos amigotes, ejerciendo su papel de espectador de lujo. Entre casualidades (el desliz del nombre de Boris Izaguirre por la conversación), y causalidades (¿el dinero lo es todo?) se iba apagando la hoguera. A poco que se acercaba el fundido en negro, quedaba claro que Coto tendrá un digno recuerdo colectivo cuando deje de ser recordable (de momento, aún estando inactivo, sigue siendo una indomable y profiláctica “fiera” de las vanidades). Por lo demás, se sigue sin conocer una sola radiografía de la telebasura que descifre los ingredientes exactos de su retorcida digestión. Quizá haga falta volver a trastornar la nobleza de nuestro registro público, o lo que es lo mismo, encarnizar nuestro afán de circo y llevarlo de nuevo a la calle. Que la mierda no quede en casa, en Telecinco o Antena 3, que nos interese el último polvo de la vecina, ésa que parece tan zorrón, y no las bragas de la Pantoja. Aunque siempre nos queda la opción de ser decentes, claro. ¿O no?

6 :

Blogger Lucinda Excretó esto...

Hum, con el Coto que pintas estoy a medias de acuerdo; por un lado, reconozco que verle diciendo varias verdades por televisión me ha hecho cambiar de opinión otras tantas veces de él, pero no hay que olvidar que es un tipo que se forra a base de esgrimir una pose chulesca e indiferente, regado de afirmaciones que da por absolutas y de una facha de honestidad que, francamente, no pienso que siempre sea así.

Sin embargo, creo que que haya gente o personajes públicos como Coto Matamoros da cierto toque divertido a este mundo corrupto y repugnante de la prensa rosa y sensacionalista.

domingo, 04 junio, 2006  
Anonymous Alex Excretó esto...

¿y qué es telebasura? ¿Es el programa de Quintero la esencia de la televisión de calidad? ¿Y qué es la verdad? ¿Esa mierda que te hará libre?... La verdad te convierte en esclavo de tu propia miseria. Y en el caso de Matamoros, la miseria es infinita.

Su pose está tan gastada como la de Dragó. Otro egocéntrico que cae bien.

sábado, 10 junio, 2006  
Anonymous Anónimo Excretó esto...

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lunes, 12 junio, 2006  
Blogger Lucinda Excretó esto...

¡Señor Bruce, actualice que me tiene en ascuas a ver cuál será la siguiente genialidad...!

Saludos!

domingo, 18 junio, 2006  
Anonymous Anónimo Excretó esto...

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viernes, 21 julio, 2006  
Anonymous Anónimo Excretó esto...

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domingo, 23 julio, 2006  

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